Un viaje de tres días hacia la ciudadanía de Colorado
Alexey Vermeulen creció como ciclista de carretera, habiendo pasado tres años en el BMC Development Team seguidos de dos años al nivel del World Tour en Lotto-Jumbo. Luego decidió cambiar de rumbo y dedicarse al ciclismo de tierra a tiempo completo. La temporada de carreras de este año no ha salido exactamente como anticipaba, pero tal como lo ve Alexey, ahora tiene más tiempo en su agenda para increíbles aventuras.
Escrito por Alexey Vermeulen
Para quienes no lo saben, me mudé recientemente a Boulder, Colorado, desde Michigan, pasando de 256 metros sobre el nivel del mar a unos 1.655 metros. Unos tres días después de llegar, estaba rodando con un amigo, Ryan Petry, y sacó a colación esta épica aventura en bici que quería hacer: tres días, 443 km y 10.363 metros de desnivel positivo, desde Boulder hasta Crested Butte. Lo había planificado en Strava pero buscaba a alguien lo suficientemente loco como para estar interesado en hacerlo con él. No hace falta decir que tardé menos de un día en convencerme y me apunté. ¿Hay una manera mejor de aclimatarse a la altitud? Probablemente no.
DÍA 1: YA NO ESTAMOS EN MÍCHIGAN
Saliendo de Boulder con 11 minutos de retraso, empezamos a subir Flagstaff Mountain. Es cómico lo rápido que te das cuenta de las cosas "extra" que no necesitabas traer (esta fue mi primera aventura de varios días en bici). En mi caso, fueron calcetines, un cargador de batería externo (nos alojábamos en hoteles) y un gorro. Cada día recorreríamos unos 160 km y ascenderíamos entre 3.000 y 3.600 metros. Nuestro objetivo no era en absoluto ir del punto A al punto B lo más rápido posible, sino conectar el mayor número posible de los antiguos puertos mineros de Colorado. Estas montañas reciben menos de 20 ciclistas al año. El tipo de lugares a los que realmente no tiene sentido ir en bici, pero cuando llegas te das cuenta de que era lo que te faltaba.
Ambos íbamos en bicis de doble suspensión con neumáticos de "rodadura rápida" pero resistentes. Ajustar la presión de los neumáticos constantemente debido a la altitud siempre cambiante (la presión sube cuanto más alto vas) y a los puertos rocosos de campo a través se convirtió en una constante. Fuimos con poco equipaje, ya que planeábamos alojarnos en hoteles y solo necesitábamos llevar comida para un máximo de cinco horas. Llevaba una pequeña bolsa de manillar con un chubasquero y un jersey fino de manga larga, y una mochila Hydrapak con mi camiseta, pantalones cortos, cargadores y calcetines de repuesto.
El primer día nos llevó desde Boulder, subiendo y cruzando el puerto Rollins antes de bajar hasta Winter Park para almorzar. Una rápida parada en Rudi's Deli fue un buen momento para ponernos en contacto con la familia y estirar el cuerpo. Estaba luchando un poco con un dolor de cabeza y me centré en hacer todo lo correcto durante el resto de los días que quedaban. Un día sin comer o beber de forma constante puede desbaratar realmente una ruta como esta. Llenamos las botellas de agua y nos dirigimos al puerto Berthoud antes de bajar hasta Georgetown para pasar la noche. Después de lavar nuestra ropa en la ducha y hacer todo lo posible para acelerar el proceso de secado, salimos a cenar y luego a buscar el desayuno para la mañana. Caminando por la gasolinera local con suficiente comida "hipercalórica" como para justificar una cesta o un carrito, pasamos por caja y volvimos hacia el hotel. El día siguiente sería de madrugada y el de mayor territorio desconocido.
DÍA 2: POP-TARTS Y PUERTOS DE MONTAÑA
Después de despertarnos alrededor de las 6:00 y llenarnos la boca de magdalenas y plátanos, salimos. Hoy nos llevaría a Leadville, cruzando tres puertos de montaña: Argentine, Webster y Mosquito. Argentine era único porque, aunque podías subir desde Georgetown, el otro lado solo era accesible en bici, ni siquiera las motos podían pasar. La carretera había sido arrasada por las rocas, dejando solo un estrecho "sendero" de pedrizas a seguir con lo que algunos llamarían una exposición mareante. Con el descenso dejándonos sin palabras, serpenteamos hacia abajo, asegurándonos de mirar en cada curva que las rocas no hubieran cedido. Un puerto menos. Pedaleamos por Montezuma antes de hacer un pequeño picnic al borde de la carretera, a base de Pop-Tarts y galletas. Sin tiempo ni lugar para un almuerzo de verdad, teníamos puertos que cruzar. Desde Montezuma subimos el puerto Webster y luego bajamos hasta la carretera 285. Con la I70 cerrada por los incendios forestales, este tramo de 40 km de asfalto parecía interminable. Finalmente, después de lo que parecieron 6 horas, llegamos a Alma, la base de nuestro último puerto.
Habíamos oído cosas increíbles sobre Mosquito y queríamos asegurarnos de llegar a tiempo con suficiente luz. Después de aprovisionarnos de comida, agua y protector solar, nos pusimos en marcha. En ese punto, ambos estábamos algo cansados. El día nos había llevado a superar más de 3.900 metros de ascenso y tendríamos que volver a alcanzar esa altitud antes de bajar hasta Leadville para pasar la noche. A unos ocho kilómetros, Mosquito se vuelve prácticamente imposible de pedalear. A veces lo único que podíamos hacer era poner un pie delante del otro mientras empujábamos nuestras bicis centímetro a centímetro hacia la cima. Es increíble lo engañosamente lejos que puede parecer la cima en altitud. Por fin lo logramos, y el dichoso, aunque accidentado, descenso hasta Leadville fue especial. Mantuvimos la tradición duchándonos y lavando la ropa antes de salir a cenar y luego a la gasolinera a por el desayuno. El día siguiente sería el último de nuestro viaje y casualmente estábamos en Leadville la mañana en que habría empezado el Leadville 100.
DÍA 3: UN MOMENTO ZEN EN PEARL
Con el último día en el horizonte, empezamos en el recorrido de Leadville con algunos amigos que vimos en la salida. Fue muy especial ver a tanta gente que aún había hecho el viaje a Leadville, alineándose y tomando la "salida" sin que hubiera realmente una carrera. Después de bajar hasta Twin Lakes, emprendimos el ascenso por carretera hasta el puerto Independence. El sol brillaba y ambos estábamos de muy buen humor. Nos hicimos unas fotos rápidas en la cima antes de bajar hasta Aspen para almorzar. Un agradable descenso de 35 km bajando casi 1.200 metros siempre es divertido, pero hoy eso significaba que teníamos unos 1.370 metros más que subir antes de poder terminar nuestra ruta.
Comimos a la sombra de unos álamos con muchas miradas extrañas dirigidas hacia nosotros antes de volver a montar en bici. Fue una sensación surrealista saber que estábamos tan cerca del destino y, sin embargo, aún a horas de distancia. Los primeros 12 km del ascenso transcurrieron por carretera, llevándonos hacia Ashcroft (un pueblo fantasma de los años 1800) antes de llegar a un callejón sin salida en la base de Pearl Pass. Pearl fue nuestra última subida antes de llegar a Crested Butte. Fue curioso dirigirse hacia la base del puerto viendo pasar solo "coches y camiones preparados para la guerra". Cuando llegamos a la base y empezamos a subir, me sentí feliz y emocionado. Pearl Pass era precioso y muy diferente a los otros puertos que habíamos hecho. Era verde y tenía ríos que lo cruzaban de un lado a otro. Llenamos nuestras botellas con agua del río usando un filtro antes de continuar subiendo. Caminamos, pedaleamos y volvimos a caminar. De alguna manera, hoy nunca tuve un momento de lucha; saber que estábamos cerca de terminar esta épica aventura me impulsó hacia adelante. Llegamos a la cima y nos detuvimos un momento a contemplarla… casi podíamos ver Crested Butte y lo único que se interponía era un descenso de 32 km y 900 metros.
El descenso, territorio 100% para tija telescópica, estaba lleno de grandes y rocosas pedrizas que daban paso a fluidos zigzags sobre arena antes de volver a cambiar. A medida que nos acercábamos a la base, dejamos atrás la arena y las rocas, fundiéndonos con cruces de ríos y senderos de pista única con el sol filtrándose entre los árboles. Era fácil recordar por qué nos enamoramos de las bicis: la libertad y la sensación que te produce pedalear por lugares aún por conquistar, y el inmenso orgullo y conexión de estar en lo alto del mundo, a menos de 1.500 metros del campo base del Everest. A lo largo de tres días de unas 8 horas, fue liberador mirar mi ordenador solo para la navegación y la hora. Las horas pasaban rápido y no había prisa por llegar a ningún lado; teníamos todo el día, simplemente había que seguir moviéndose. Quizás hizo falta una pandemia y la ausencia de carreras para mostrarme la belleza de una verdadera aventura en bici.